Entrevistas cartoneras: Miguel Alejandro Carpio
El lenguaje no alcanza
El silencio como forma en la narrativa de Miguel Alejandro Carpio,
mención de honor del III Premio «Crispín Portugal»
En este cuento, la relación entre ambos aspectos es lo que funciona como el eje del relato. No se trata sólo de la existencia de un conflicto, sino del peso que éste tiene en la vida del personaje. Pero, al mismo tiempo, él no puede, o no sabe cómo, hablar del tema y la angustia que se genera se acentúa en esa incapacidad de comunicarse. Supongo que, si lo sobreanalizo, la relación entre el conflicto y el no poder nombrarlo tiene que ver con la insuficiencia del lenguaje frente a la realidad misma, y cómo la experimentamos en situaciones que nos producen angustia.
¿Cómo trabajas los silencios en la escritura?
Todavía no he encontrado una forma clara de hacerlo. En algunos casos, opto por contarlo todo y luego eliminar aquello que se busca no decir. En otros, yo mismo trato de evitar abordar el conflicto y orbitar el tema, acercándome lo más posible para que ese silencio sea lo más claro posible. En el caso de estos cuentos intenté ambas cosas en distintas versiones y fases de la escritura. El tercero de la segunda fila fue más fácil de abordar a través de no decir aquello que genera la tensión dramática, porque ese silencio funciona como un impulso para el resto de las acciones. Con Vajilla fue más complicado encontrar el equilibrio y la mayor parte del proceso fue quitar y ver cómo iba funcionando.
En Vajilla, el deterioro de la memoria transforma el amor en algo ambiguo, incluso violento. ¿Qué es lo que te interesaba explorar en ese texto?
Creo que esa ambigüedad en el amor era una parte esencial de lo que me interesaba. Incluso hoy en día, que se ha dicho y analizado tanto sobre la idea de amor, tratando de desromantizarla en la mayoría de los casos, todavía se lo concibe de una manera muy idealizada. El amor es una experiencia que, creo yo, genera más crisis y dolor que otra cosa, pero que funciona bajo una matemática extraña en la que el poco beneficio que nos brinda sirve para contrarrestar el resto. Me imagino, o al menos desde un análisis que he venido haciendo en estos años, que tiene que ver con toda la herencia cristiana de la cultura occidental en la que la prueba, o casi condición básica para validar el amor, es el dolor. En este sentido, la situación de la pareja me interesaba para indagar en la pregunta: ¿qué tanto está bien perdonar/aguantar cuando se ama? Si el varón cede al impulso violento, ¿es peor que la violencia en las palabras de la mujer? Por otro lado, desde hace mucho tiempo la discapacidad intelectual me llama la atención desde un punto de vista narrativo, porque permite transformar la (aparente) inocencia de la infancia en una disonancia desde la impasibilidad de esa inocencia. ¿Qué pasa si el niño no crece? ¿Hasta dónde se puede tolerar su maldad?
El momento de quiebre en Vajilla es mínimo pero brutal. ¿Cómo trabajas esa dosificación para que el golpe llegue sin exagerar?
Borrando y reescribiendo. En estos años tuve la suerte de conocer y compartir con varias personas que también escriben y cuyas lecturas me han ayudado mucho a ver los textos propios desde nuevas perspectivas. El mayor beneficio en el proceso creativo ha sido el de hacerle preguntas constantemente al texto para evaluar si funciona y cómo lo hace, o cómo más podría funcionar. En Vajilla traté de sostener una intención de pulcritud y precisión en las escenas y en cómo las retrataba. Si el texto funcionó, fue una suerte de prueba(s) y error(es).
Tus textos parecen apostar por lo íntimo y lo contenido. ¿Cómo ves ese tipo de escritura dentro del panorama literario actual?
No estoy seguro. En lo que he podido leer que se ha escrito últimamente sobre temas parecidos, siempre siento una especie de grandilocuencia en el discurso que trata de justificar la premisa de “lo personal es político”; premisa que, como cualquiera, no es pertinente en todos los casos. Creo que se tiende a caer en esa gestualidad de contar algo que creen que encierra una problemática más profunda. A mí me interesa algo diferente. Me interesa la profundidad de la problemática en la situación particular del sujeto o el personaje. Por más que un personaje pase por una situación que sea estadísticamente mayoritaria, el peso dramático del conflicto no se ve afectado por eso. Terminar una relación amorosa no duele menos al enterarse del índice de divorcios. Pero me parece que actualmente, al menos en los libros que se publicitan más, esa grandilocuencia es usual.
¿Qué implica para ti publicar en Yerba Mala Cartonera?
Implica dos logros: a nivel personal e institucional. Me gusta mucho el catálogo que la editorial ha ido formando, tanto de autores nacionales como internacionales, así como de clásicos y obras más actuales. El Crispín Portugal me parece una apuesta interesante porque invita a pensar en dos textos que, aunque sean breves, abren la posibilidad de imaginar una articulación entre ambos, aunque no sea plenamente consciente. Además, los autores que han participado como jurados, tanto en esta versión como en anteriores, son también un estímulo para pulir los textos lo más posible. Además, en estos últimos años he ido sintiendo más curiosidad por proyectos editoriales que, lejos de ser masivos, se enfocan en la coherencia y calidad de lo que publican.
¿Qué autores o lecturas han influido en tu forma de escribir?
No sé si “influido” es la palabra que usaría, pero sí puedo nombrar algunos que han sido referentes en distintos momentos desde que comencé a escribir. De adolescente me gustaba mucho Stevenson, sobre todo porque el nivel de imaginación que sus historias plantean me parecía infinito. Varios gringos, como Bukowski, Faulkner o Berlin, me gustan por el compromiso que tenían con la literatura, más allá del mercado. Me interesa mucho el uso del lenguaje en otros, como Carver o McCarthy, pero, por ejemplo, el trabajo que hace Claudio Ferrufino también me parece una ventana hacia otra forma de economía del lenguaje y sintaxis que merece más atención. Para el humor y el juego en la escritura, sigo admirando mucho a Cárdenas y a Foster Wallace. Hace poco leí por primera vez a Clara Obligado y el optimismo que encontré en sus textos de ensayo fue una especie de respiro en lo que he estado leyendo y escribiendo últimamente.


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