Reseñas YMC. Una lectura de La ciudad imaginada de Alberto Chimal



Por Iván Gutiérrez *

Ciudad imaginada es el libro de cuentos del mexicano Alberto Chimal que ahora se convierte en una opción de lectura en Cochabamba a través de la editorial Yerba Mala Cartonera. Este libro nos permite como lectores habitar las calles imaginadas, de sueños imaginados, en letras imaginadas, de un escritor también imaginado, que con absoluta naturalidad nos lleva a un plano donde la convivencia de ese algo imaginado, es concebida desde la convocatoria a una complicidad por mirar algo que sabemos que solo es posible desde el marco de ese lugar a la que Chimal le dice; ciudad, ciudad imaginada. Es decir, desde el ojo coagulado de cemento y el oído sintonizado en bocinas, que conducen a la escritura del escritor que vive en ese entramado de secretos imaginados. Dejando como sensación en la experiencia de la lectura del texto, que habitar lo sorprendente de ese espacio literario, es posible, y con un poco de tiempo, necesario y con algo más de tiempo; imprescindible. Por eso se puede pensar que leer es una forma de hacer más habitable el mundo. En este caso el de la ciudad que imagina Chimal, la ciudad que desde su escritura también es nuestra.

El escritor mexicano en este su proyecto, apenas comienza deja en claro cuál es el territorio de su escritura; desde dónde se desarma la convencional atención del lector, al involucrarlo casi siempre de entrada con un sujeto que presencia el momento de una sorpresa, hecho que no es detonante de las tramas, sino más bien acompañante y principalmente conductor del código del alma del libro; el deslumbrar algo. Ese “algo”, es lo que hace que desde el primer título la idea de mirar la escritura de Chimal, sea puesta en escena la señalización de un mandato que servirá para tener en claro cuál es el tiempo y cuál es el espacio del libro: pero apenas pareciera que el mandato funciona, ambos puntos cardinales, de repente son reconstruidos desde la condición del despojo.

“Piense en la ciudad”.

Y ahora, de pronto, piense otra vez pero véala despojada de sus edificios, calles, coches, túneles, puentes, pasos a desnivel, estaciones de tren o de autobús o de avión; de sus intersecciones y terrenos baldíos y casas llenas; de todos sus comercios, cines, hospitales, burdeles, casas de cultura, gimnasios, misceláneas, funerarias, cerrajerías, pasos peatonales, banquetas estrechas, construcciones de aplicación incierta, basureros, templos, parques, patios, estacionamientos, teatros, comandancias, bares y conventos. Baños tampoco, ni casas de juego, ni escuelas secundarias, ni monumentos ni túmulos.”

Mirar el mundo, pero despojándolo de lo que lo hace ser ese mundo delimitado por la señalización que conocemos; nos deja el resultado de la nada. Pero siempre antes que la nada, necesitaremos de la permanencia de algo, de la certidumbre de un algo, aunque microscópico o inmenso, pero algo que nos sostenga. Faulkner decide desde su sabiduría literaria, la esencial predilección del humano, diciendo que “entre el dolor y la nada, prefiero el dolor.” Es decir que prefiere aferrarse a la vorágine de una herida y su sangre, antes que a la pedagogía del tiempo que enseña solo desde la violencia de los olvidos progresivos.

En esa elección queda una certeza, y es la constante afirmación por la dependencia a la presencialidad del otro, ante todo lo que nos salvará será una elección de algo, que puede tomarse como la decisión por el pacto de confidentes. El despojo, o la pérdida, en acto, es una forma de exclamar la fe en el recuerdo. La perspectiva de todo desalojo es el percibir que estamos un abismo más solos que antes. Desde ese darse cuenta Chimal prepara el impacto de la escritura de este libro. No son personajes solos, por lo tanto, no es un libro de la soledad, al contario se posiciona en otra mirada, en la de personajes despojados, vistos en el minuto preciso en el que descubren su abismal derrota. Y ahí en ese punto, no solo personajes, sino también personas perdiendo, preparándose para ser de a poco apenas imaginadas.

La ciudad es la materialidad en la que la pasión exagerada de sobrevivir se da. La ciudad y el otro, ese otro ajeno y desconocido, hostil y villano, pero del que se requiere, para que pueda mantenerse como espacio imaginado. Como espacio que persiste por su exclamación en el ruido: el lenguaje de la ciudad, el vació del sujeto incógnita que es presencia y también sombra.

Chimal deslumbra estas nuevas relaciones, sin caer en el discurso cosmopolita, al contrario, el posicionamiento de su perspectiva, no apunta al código de la selva convulsionada de cemento y apasionada de la individualidad existencial. Sino que recupera la sensación de sentirse acompañado, desde el compartir, que en algunos casos hasta esa forma se vuelve peligrosa. La energía de la confidencia que se anuda a un secreto que se gesta, o se mantiene, o se descubre es lo que sirve de recorte de la posibilidad de pensar lo fantástico. Ya que no se presenta la fantasía como algo posible y maravilloso, sino que más bien en la latente incomodidad de tener que pasar por la aceptación a la creencia árida de pensar que ese suceso es posible. Por lo tanto, lo que es posible en los relatos no es lo fantástico en esa su forma de aparición pirotécnica, sino que más bien se configura en la tensión de cada cuento como una forma de secreto; sobre de algo que solo uno y no los otros pueden ver.

Cuando parece que Ciudad Imaginada se configura en una formula sobre el manejo narrativo en torno al enigma del secreto entendido como ese juego unidireccional de alguien que contiene el poder de tener un tipo de certeza, frente al que desposee ese conocimiento. Aparece el cuento “La balanza” que se presenta como un símbolo para medir el peso de la estructura imaginada de la propuesta del libro. Logrando cambiar lo que parece que va ser una fórmula narrativa, al descubrimiento de una nueva perspectiva. En ese cuento el lector junto al que espía y parece que va consumar un secreto para posicionarse en la lógica de lo anterior del libro, es descubierto, golpeado y amenazado, y bajo una nueva nomenclatura emprende la posesión de crear un nuevo secreto, como un fuego que se propaga por la chispa final de un cigarro, cuando el aliento del fumador ya ha sido extinguido, para dar paso a lo que será la aparición de un fuego mayor, de un aliento incalculable. El final de ese cuento deja al lector en ascuas, con la historia evaporándose, y en la experiencia de lectura sin desenvolver la última palabra, quedando solo el impacto del fuego sobre el resultado final de la nada.

Ciudad Imaginada es un libro que garantiza una experiencia fascinante al lector, que lo obliga a mirar su imaginada vida, pero despojándose de sus ideales referencias. En eso se va reafirmando la elección del habitar el mundo; el dolor antes que la nada. Algo imaginado antes que la pérdida de una historia.

*Columnista de La lengua popular - La Ramona

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