Entrevistas cartoneras: Nathan Leaño

El absurdo no necesita tecnología

Lenguaje, ego y banalización: lo inquietante sigue siendo humano
en la obra de Nathan Leaño, mención de honor del III Premio «Crispín Portugal»



En Un pretencioso del siglo XXV hay una convivencia entre lo humano, lo artificial y el absurdo. ¿De dónde viene ese tono? ¿Te interesa más criticar la tecnología o la forma en que los humanos la usamos para seguir siendo igual de ridículos?

En realidad, no creo buscar en este cuento una crítica contra la tecnología. Los personajes más bondadosos, de cierto modo, son justamente los androides, que tienen que arriesgar la vida solo para salvar a un humano. Los errores de la tecnología están entre nosotros, pero nosotros los creamos. Yo creo que, si algo intenté “criticar”, por así decirlo, fue la profunda banalización del suicidio que encontramos en esta sociedad actual. Y eso no es por entera culpa de la tecnología; en todo caso, la tecnología facilita este tipo de conductas, pero son nuestras, de cierto modo, es parte de nuestro absurdo. Mientras que en el pasado una práctica impactante como las fotos post mortem entre familias era algo feo pero solemne y de cierta importancia, aquí tratar de moldear un suicidio, o todo lo referente a él, de una manera estética y vistosa es puro ego, y es nuestro ego, no es el ego de la “máquina”. Y si le preguntas a una IA al respecto, no alimentará tus ideas ridículas aconsejándote las mismas diez canciones que todos repiten, las mismas veinte frases, o el sentimiento de que eres alguien hardcore y buena onda por pensar en tu suicidio; la IA te preguntará si necesitas ayuda, si te encuentras bien y que, lo que sea que estés pensando hacer, por favor, no lo hagas.


Vienes del terror, pero en estos cuentos se nota una libertad para moverte entre tonos y registros, incluso con toques de humor e ironía. ¿Cómo manejas esa versatilidad sin perder una identidad propia como autor?

Siempre trato de hacer las cosas de manera diferente. Es cierto —y esto es algo que he aprendido con cada cuento y cada escrito— que tengo mis lugares recurrentes. Pero por ese motivo trato de hacer cosas diferentes. No me interesa que me relacionen con mis escritos de manera automática. Todo lo contrario, me pondría más feliz si el origen del autor les resulta sorpresivo a los lectores.


En Mordelón, el lenguaje (o la falta de él) define quién es considerado humano. ¿Qué es lo que te interesaba mostrar desde ese punto de vista?

Es un contraste: tienes a un chico que no puede hacer otra cosa que ladrar y a un cura que tiene una labia convincente y engatusadora.


En el giro final El Perro invierte completamente la noción de víctima y monstruo. ¿Cómo esperas que el lector tome este aspecto?

En relación con la pregunta anterior, es una subversión evidente. Un chico que es llamado “perro” por su pueblo y considerado como una peste resulta ser el héroe de esta historia, frente a un personaje que exuda bondad y ternura en el exterior, pero cuyo interior es aberrante. No sé cómo los lectores tomarán este detalle, ni tampoco es algo que me quite mucho el sueño. Pero es importante que, como todo cuento de terror, este les sirva de advertencia. Al final, la literatura de terror nos enseña, desde pequeños, que todo —absolutamente todo— es capaz de matarte o hacerte daño, y que uno, en lugar de temerle a todo, debe ser consciente de este detalle para enfrentarse apropiadamente a ese “todo”.


Tus cuentos tienen una mirada bastante ácida sobre lo humano. ¿Cómo ves el panorama literario actual frente a ese tipo de narrativas más incómodas o grotescas?

Las editoriales locales —sean bolivianas, colombianas, peruanas, entre otras— tienen una fuerte ventaja en comparación con las grandes editoriales de corte internacional. Y es que nuestras editoriales son más libres a la hora de tomar riesgos y escoger voces que no sean del agrado del mercado general. La gente que dice que un libro como Lolita no podría publicarse hoy en día tiene y no tiene razón, porque en una editorial como Penguin Random House una obra así no se convertiría en un lindo best seller de tapa dura y dibujitos, pero en una editorial local, en una editorial boliviana, esa obra tendría la oportunidad de mostrar su valía hacia un mercado más abierto.


¿Qué significa para ti ser publicado por Yerba Mala Cartonera?

Me interesa mucho el formato cartonero; vi la oportunidad y la tomé. Me parece una labor interesante, atractiva y noble. Y, al final, todas mis participaciones en antologías tienen el interés egoísta de leer a los autores convocados. Creo que es mi mayor premio: leer a los integrantes de las antologías, leer nuevas voces o voces ya conocidas, pero en exclusiva y para la antología en general.


¿Sientes que tus textos dialogan con una tradición específica o estás escribiendo más bien contra algo?

No tengo una cruzada personal cuando escribo. No sigo un norte por el cual todos mis escritos tengan que pasar para ser aprobados. Si lo que tengo en mente necesita tal estructura, la uso; si requiere otra, uso la otra. No pienso demasiado en eso, la verdad.


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