martes, julio 24, 2007

Crispín, en la estación de la tierra

Ricardo Bajo H.

Conocí a Crispín Portugal, escritor y activista cultural alteño hace cuatro años, en el fatídico 2003.El festival de literatura de la Wayna Tambo había parido un nuevo colectivo de escritores jóvenes. Se hacían llamar Los Nadies, tomando el nombre de un poema de Eduardo Galeano. Era noviembre y octubre todavía estaba en la retina, cargado en rojo. Changos, escritores con ganas de transmitir, El Alto, ciudad valerosa e irreductible… “Estos tipos se “merecen” una nota y en tapa, carajo”, me dije. Y así fue, me contacté con Vicky Ayllón, que todavía laburaba en el Cedoal del Espacio Patiño, antes de que la botaran injustamente. Vicky citó a Los Nadies y la nota se hizo. Salió en tapa y centrales del Fondo Negro un 2 de noviembre de 2003. Allí estaba Crispín, detrás de Rodny Montoya y Jacqueline Calatayud, agazapado junto a Marco Llanos. En la azotea del Cedoal, en una tarde soleada de noviembre.

Crispín Portugal cerca al Multifuncional de

La Ceja, El Alto, escenario de Almha, la vengadora.

Dicen los amigos cercanos de Crispín que su obsesión era la muerte. Y era verdad. En aquella lejana tarde de chompa y sol, me dijo: “escribo por la necesidad de transmitir sentimientos, de dolor, de muerte, el tema de mi obra es la muerte porque es una cosa muy temida y muy inspiradora, también”.

Así, me contó que su primer poema, a los ocho años, se tituló: “siempre quise morir menos hoy”. Y parece que también fue su último verso, el que escribió el pasado 18 de julio. Le gustaba Renato Prada, Adela Zamudio y Robertito Echazú, del cual aquella tarde de noviembre cargaba su poemario “La morada del olvido”.

Compraba libros usados en la feria 16 de Julio de El Alto y dicen sus amigos cercanos que sobre su mesilla, la última noche, estaba “Frankestein” de Mary Shilley. Seguramente lo compró en la 16 de Julio, donde antes también había adquirido clásicos como “El doctor Zhivago” y “Los tres mosqueteros”. En aquel Fondo Negro publicamos un cuento suyo,”Fragancia de muerto”. Otra vez la muerte, siempre la muerte, la canción eterna que lo vestía de luto. Nos vimos por aquí y por allá, pero la segunda vez que entrevisté a Crispín fue el año pasado, en agosto. La editorial Yerba Mala Cartonera había nacido unos meses atrás. El que escribe estaba a cargo de otro suplemento cultural, El Malpensante, en El Juguete Rabioso, de Wálter Chávez. Publicamos apenas dosnúmeros y en el segundo los “cartoneros” y su literatura militante estaban en la tapa. Y ahíaparecía otra vez Crispín, sentado en el suelo de la plaza Abaroa al lado de su cuate Darío Luna (ver foto). Junto al “parche” con todas las novedades de la primera hornada de los “yerbamalacartoneros”. Era mediodía, charlamos sobre literatura, sobre autores malditos, sobre los mecanismos alternativos de publicación, sobre los jóvenes escritores y sus dificultades de salir a las calles con sus obras…Crispín hablaba de Borda, de Churata, del vanguardismo andino…

Al final de la charla, me compré varios ejemplares de la primera colección de la Yerba Mala Cartonera. Crispín me dedicó el suyo, “Almha, la vengadora”. “Para un compañero y todo lo ligado a ese “gran” término. Con absoluto aprecio por su calidad humana, para Ricardo Bajo, gracias, La Paz 31 de agosto, 06”.

Así era Crispín, callado, reflexivo y con una humanidad que no se podía aguantar, como dicen losgitanos. Solo hablaba para decir verdades como puños.Un tipo necesario, imprescindible, de los que luchan todos los días, como decía Bertold Brecht.

En una de sus obras, la citada “Almha, la vengadora”, su protagonista, luchadora del “cachascán”, hija del más odiado y despreciado luchador, el “Khari khari” exclama antes de enfrentarse a “Chota, la j´achota”: “hasta cumplir mi sentencia, gritaré: quiero morir”. Crispín está ahora en la estación de la “pachamama” junto a Robertito, a Victor Hugo, a Blanca, y a tantos y tantos compañeros escritores. “El hombre vive cansado. Espera cualquier / estación /de la tierra.Ama a una mujer. El hombre vive / cansado. La estación de la tierra lo espera/ -muy dócil- como un viejo rencor”. (“Akirame”, Roberto Echazú)