lunes, julio 21, 2008

Crispín, “el torcido”, un año después



En el cabo de año del autor alteño Crispín Portugal, sus amigos se reunieron para recordarlo y saborear un libro editado en su homenaje.


Reportaje en Fondo Negro. La Prensa. Domingo 20 de Julio de 2007.

"Mi nombre es Crispín Portugal Chávez nací el 17 de noviembre de 1975 y mi chapa es ‘el torcido’. Vine al mundo un día lleno de niebla y frío, aparecí totalmente vestido a lo caballerito; crecí un poco y empecé a doblarme como un arco, comí mucho y nunca engordé y de ahí que comprendo que mi chapa sea “el torcido”. Pretendo reproducirme como el mejor de los conejos que criaba mi abuela, fallecida hace poco. Y después morir sin cambiar mi nombre y mis apellidos. Crispín Portugal Chávez”.


Así resumió una vez el desaparecido escritor alteño su vida. Así fue su paso por este mundo, salvo que no logró su propósito enunciado —¿En broma, de verdad?— de tener vasta descendencia. Trajo a este mundo a Camilo, “Cachito”, su legado vivo.


Con una velada por el cabo de año y la presentación de ¡Cago pues!, un texto con obras inéditas de Crispín, y piezas de amigos y colegas suyos creados en su homenaje, el jueves se recordó el primer aniversario de su muerte, del día en que decidió abrir un largo paréntesis.


Fundador de la editorial artesanal Yerba Mala Cartonera, gestor del colectivo Los Nadies, activo partícipe de la movida cultural de Wayna Tambo en El Alto, y prometedor narrador, Portugal es recordado sobre todo por su carácter, taciturno y sentimental a la vez.


“Que puedo decir —recuerda su viuda, Virginia Callisaya— él es parte de nosotros, Camilo y Vicky, luchador, soñador, humilde. Crispín o como yo le decía ‘Chami’, por chamillo, es un ser diferente como todos, con aciertos y desaciertos, con un corazón enorme y explosivo”.


Iniciaba yo, en abril de 2006, una de las más interesantes etapas de mi vida, que hasta ahora vengo asumiendo como gran reto: la edición de Fondo Negro y de la página cultural de La Prensa. A menos de dos semanas de laburo, recibí el llamado de Crispín, que se presentó como “escritor alteño” y me contó del inminente nacimiento de Yerba Mala.


Fue la mejor nota —de lejos— que logré en mis primeros meses en el cargo, y fue el inicio de una serie de colaboraciones con Darío Luna, Beto Cáceres, los otros editores, y Portugal.


“ (…) Pero no me acuerdo de Crispín el día de su velorio, habría sido bueno hablar con él esa fría noche, compartir los planes del Darío o el té caliente de la Vicky. Posiblemente se habría sentado con su hijo en las rodillas aunque seguramente habría tenido que correr tras el intranquilo niño en varias oportunidades. Sí me acuerdo, en cambio, de su paso por la mesa de Todos Santos que con cariño armamos para que nos visite el pasado noviembre; fue muy chistoso y él celebró que la comida preparada quedara nadando en la cerveza que todos queríamos invitarle; reímos mucho ese día (…)”. El anterior, es un párrafo de Virginia Ayllón, escritora y amiga suya, escrito para el libro en su memoria.


Oswaldo Calatayud Criales, Marco Montellano, Miguel Lundin Peredo, Claudia Michel, Nicolás García Recoaro, Ricardo Bajo, Marcelo Gutiérrez Pardo, Darío Luna y Beto Cáceres también ponen por escrito lo que la mente y el corazón les trae a colación al pensar en el autor de Almha, la vengadora.


“Tal vez es un atrevimiento profano publicar estos textos de Crispín, para los que no le conocimos puede ser un intento de perpetuarlo, de no dejarlo ir del todo, de encontrarnos de alguna forma con él. Transcribir los textos que jamás hubiera querido publicar entrando abusivamente en su conexión íntima con la literatura, en sus secretos con ella, me ha cuestionado mucho. Pero él también, sin quererlo, ha entrado en nosotros, en nuestras vidas, en nuestra relación con la literatura. No se trata de una revancha pero sí de una disculpa por hacer algo que él no hubiera permitido en vida”, comenta Michel, nueva integrante del equipo cartonero.


“Ahora que ya pasó un año. Un año justo de aquella nevada que dejó a Buenos Aires como si fuera una ciudad de la estepa rusa. Ahora que me acuerdo de aquellos días casi sacados del cómic El Eternauta, con una ciudad que me recibía blanca después de un largo viaje sin retorno por las alturas de tu ciudad, de tus pagos. Las alturas de los mercados que durante meses caminamos. Las alturas de los boliches de La Ceja donde charlábamos sobre tus libros, sobre tu editorial cartonera, sobre tus sueños de viajar a los Yungas, y quizás también, de tus ganas de irte”.

Así le habla-escribe desde Buenos Aires su amigo Nicolás García Recoaro. Sin nieve, pero con mucho frío, y con siete tomos de la colección cartonera —me faltan unos cuantos— en el piso de mi estudio —decidí reorganizar mi biblioteca y jamás puedo acabar la misión— culmino de madrugada esta nota y descubro perplejo, escéptico como soy, que el lomo del ejemplar de Frankenstein de Shelley, como si pudiese rodar solo, se posa casi debajo mío, a la izquierda del escritorio.


Beto Cáceres explica la insólita combinación. “Acabo de leer Frankenstein de Shelley y tiemblo al creer que la regla implacable siga su curso. En el relato, el Doctor Frankenstein dice que al concebir la idea de hacer al monstruo, como él lo llama, no supo entender el presagio: su madre moría en esos momentos. Antes de relatar las muertes sucesivas de su creación, él dice: ‘aprendí a saciar el mal con la prosecución de mis trabajos, y la felicidad con el abandono de los mismos’”.

“Leo el prólogo de Shelley, su reunión con Lord Byron, Polidori y su esposo Shelley y esos nombres me llenan ahora sí de terror, terror al enterarme en la biografía de la autora, que cuando ella escribía Frankenstein, su hermana se cortaba las venas en otra ciudad; que luego murieron sus hijos y su esposo, que abandonó la literatura por eso. Terror porque en esta realidad, cerca del cuerpo de Crispín encontraron el libro de Shelley, libro en el que el monstruo en el último capítulo decide suicidarse. Terror porque no quiero llamar a nadie en este momento y averiguar una desgracia más fuerte de las que me ha tocado. No puedo soportar esto”.

Tú y tú como dos
Crispín Portugal
Tembló tu carne al escuchar la voz negra en la tarde, mientras ella con su viento lo nublaba todo con polvareda, dejándonos en la penumbra sin ser noche. Mi cuerpo empezó a absorber la humedad, la tristeza de estas paredes tiesas olor a trago, mareándonos más de lo que habíamos bebido. Me acerqué a ti que te dejabas escapar por la ventana, te veías flotando impulsada por el fuerte ventarrón sin que las venteras, que tiritaban de frío y recogían en sus aguayos sus mercancías, se percatasen de tus cabellos que se enredaban en las rejillas de algunas pasarelas.

Quisiste recorrer la planicie de esta ciudad pero la montaña canosa con el nombre del joven carcomió tu tiempo calculado.

Cerraste los ojos y buscaste en mí un poco de calor, te abracé con fuerza, froté tu espalda y te retorciste. Quise cortar tus cabellos, cuando empezaste a llorar, toque tu mejilla de barro y un gemido eficaz como tu llanto escapó de tus labios: te hacía daño, pues todo tu ser estaba malogrado y al borde del derrumbe; entonces comprendí que nuestro calor se esfumó.

El ámbar de este silencio se ahumó, se vio terriblemente estrujado, mis ojos vidriosos reflejaban el catre, el bacín que sirvió de cenicero, el perchero con cariz de arlequín, el velador donde se desvanecían unas monedas, donde yacen tiesas unas llaves, donde brillan unos sobres nerviosos. Ahí estás tú quitándote la ropa aprisa, segura, decidida, secándote las lágrimas para después meterte en la cama y cubrirte con las frazadas sucias, dejándome un espacio que sin lugar a dudas lo ocuparía.

el "¡Cago pues!" por CM

Publicamos el post que hizo Claudia Michel sobre Crispín.

Mi nombre es
Mi nombre es Crispín Portugal Chávez nací el 17 de noviembre de 1975 y mi chapa es “el torcido” Vine al mundo un día lleno de niebla y frío, aparecí totalmente vestido a lo caballerito; crecí un poco y empecé a doblarme como un arco, comí mucho y nunca engordé y de ahí que comprendo que mi chapa sea “el torcido”. Pretendo reproducirme como el mejor de los conejos que cría mi abuela, fallecida hace poco. Y después morir sin cambiar mi nombre y mis apellidos. Crispín Portugal Chávez.

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En un sobre manila doblado me entregaron los textos de Crispín, su esposa los mandaba. Había dentro hojas impresas, un par de hojas cuadriculadas con letra prolija, otras tantas muy dobladas, todas con una letra que iba de dulce y dibujada a veloz y aguda.

Intenté abstraerme de todo lo simbólico de esos papeles, hacer un trabajo técnico una transcripción, revisión y edición. Lo armamos con su esposa y luego nos tomamos unos te con tés.

Muchos amigos mandaron sus textos le escribieron aun ahora, todavía después de la presentación nos quedamos varios recordando las cosas que decía, lo que no hacía. Y yo muda solo escuché todos esos nuestros intentos de traerle un poco. Dijo el Osvaldo que su muerte es más grande que su vida, y tal vez es cierto.

Luego nos fuimos, tomé un minubús que me dejó todavía unas cuadras de caminata. Solo alcancé a caminar un poco, toda esa noche se me estaba arremolinando en el pecho así que paré para que salga todo de un vez.

Aun sobre mi colchón mirando las estrellas fosforescentes, sentí la oquedad de la tristeza.

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El libro es un recuerdo en sí, altamente recomendado, aporte de muchos recuerdos de todos para Crispín.

martes, julio 15, 2008

Invitación

Invitación

La Editorial Yerba Mala Cartonera y la Familia de nuestro amigo quien en vida fue Crispín Portugal Chávez,
tenemos el agrado de invitar a usted(es) a la presentación del libro homenaje con motivo de recordar el año de su fallecimiento


¡Cago pues! y recuerdos de sus amigos

textos inéditos de Crispín Portugal

La presentación se realizará el jueves 17 de Julio de 2008, a horas 20:00 en el Café Bocaisapo calle Jaen . Agradeciendo su gentil asistencia, saludamos a usted(es) con la mayor consideración.

La Paz, invierno de 2008


lunes, julio 07, 2008

Un video refleja el despertar “cartonero” de las letras alteñas


Por Martín Zelaya Sánchez

(FONDO NEGRO, La Prensa, 22/06/08)




Beto Cáceres, Crispín Portugal y Darío Manuel Luna

Yerba Mala, un documental elaborado por videastas argentinos, cuenta el trabajo de la editorial artesanal alteña que apuesta por la lectura a pesar de la difícil coyuntura socioeconómica.


No lea, baile”, reza un genial graffiti en el muro de la sede de la Cámara Boliviana del Libro en La Paz. Esa imagen, junto con las muy recurridas pero nunca reiterativas vistas y planos generales de la hoyada paceña, además de uno que otro detalle de rostros y cotidianidades de El Alto, le da un acertado ambiente familiar, coloquial, no por ello poco formal a Yerba Mala, el documental que los argentinos Colectivo 7 hicieron sobre Yerba Mala Cartonera, editorial artesanal alteña.


El video de 77 minutos de duración presentado el miércoles en el Espacio Simón I. Patiño mezcla dos temáticas y objetivos básicos: la problemática del libro, la lectura y el panorama editorial boliviano, y la producción, vocación y aventura de los editores Crispín Portugal (†), Roberto Cáceres y Darío Luna, responsables de este sueño “cartonero” que lleva ya tres años y casi una veintena de títulos.


Tres personajes esenciales para comprender a la babélica ciudad más joven y casi ya más grande del país: los voceadores de minibuses (que para mí son además los máximos símbolos urbanos de la La Paz actual), el Khari Khari y las cholitas cachascaneras son el quid del trabajo, a todas luces interesante y útil para comprender que entre carencias, disputas y conflictos en la llamada capital andina de Sudamérica también hay espacio y ganas para la cultura.


Luego de mostrar el infaltable Illimani y la enrevesada topografía de esta ciudad, domina la pantalla el inconfundible y único coro de voceadores que cada día anuncian a gritos el destino (léase en sus dos acepciones) de cientos de miles de personas.


Caminando por las atestadas calles y mercados, y también a bordo de un minibús, Roberto Cáceres cuenta los detalles de Línea 257, su primer libro publicado en la editorial que, merced a fotocopias de textos cedidos por los autores y tapas de cartón reciclado elaboradas por niños alteños, revolucionó la “industria” del libro nacional en 2006. El “mini” 257 recorre gran parte de El Alto y desemboca en la zona paceña de San Jorge.


Con una breve pero lograda dramatización, relata a continuación Darío Luna la historia del Khari Khari (que adaptó en su obra del mismo nombre), el mítico brujo andino que roba la grasa y con ella el alma de los incautos caminantes. Portugal, finalmente, y en una grabación efectuada meses antes de su intempestiva decisión de quitarse la vida, guía un rocambolesco tour por un cuadrilátero barrial en el que se ve a tres cholitas campeonas de lucha libre, una de ellas Almha la vengadora, quien le inspiró su libro.


“¿Se puede en verdad ser escritor en El Alto?”, se pregunta Cáceres a la mitad del filme, luego de que junto con sus dos compañeros demostrara sobradamente no sólo que sí se puede, sino que además es imperativo narrar a esta urbe.


El guión luego incluye retazos de opiniones sobre Yerba Mala y, por consiguiente, de la situación librera, literaria, social y cultural boliviana. Los entrevistados son los escritores Humberto Quino, Vicky Aillón, Gabriel Pantoja y Elvira Espejo, y los editores José Antonio Quiroga, Carola Ossio y Ana Patricia Navarro.


Vale la pena comprar el DVD que ya se vende —al igual que todos los títulos cartoneros— en el puesto de la editorial en la feria 16 de Julio, en el Espacio Patiño y en el café Sabrosito, detrás de la Casa de la Cultura.