martes, octubre 31, 2006

Sobre Santiago Roncagliolo y "El Arte Nazi"

Publicamos la sutil reseña de Virginia Ayllón que también salió en la revista Alejandría de este mes.

Por Virginia Ayllón
Se trata de la segunda edición de este libro, publicado originalmente el 2004 en Lima por la editorial Sarita Cartonera. Debió presentarse el mes pasado en el marco “La Otra Feria: del libro su preste, Víctor Hugo Viscarra”, hecho que no sucedió ya que el autor peruano, ganador del premio Alfaguara 2006 –por su novela Abril Rojo- dejó plantados, por igual, a la XI Feria Internacional del Libro así como a “Los de la Otra feria”.

El joven escritor, quien asegura tener en Edmundo Paz Soldán su personaje favorito
(ver http://es.news.yahoo.com/fot/ftxt/santiago-roncagliolo.html) ha publicado Pudor (2004), El príncipe de los caimanes (2002), Crecer es un oficio triste (2003) y los libros para niños Rugor, el dragón enamorado (1999) y La Guerra de Mostark (2001).

El Arte nazi no es u texto literario si por ello entendemos una puesta en escena de la búsqueda de la palabra. Quiere serlo, diría yo, en las primeras dos y media páginas donde el narrador (en este breve espacio sí existe un narrador) recurre a la memoria para dar cuenta de su descubrimiento del arte nazi a través de las revistas y películas de la época. Promete ser un texto interesante ya que toda memoria ofrenda el recoveco arcaico, que generalmente fascina. Pero el escritor peruano traiciona al lector exactamente en la segunda mitad de la tercera página e inicia, sin más ni más, una especie de artículo de enciclopedia escolar donde, de manera didáctica, expone datos de la economía de la Alemania pre nazi, para luego pasar a una especie de acercamiento psicológico a la patología del führer y de la masa aria que lo siguió. Para entonces, su prometedor narrador de las primeras páginas queda aislado, abandonado, o más bien echado quién sabe dónde. Siguiendo con el estilo de enciclopedia escolar, el ganador del Alfaguara expone las concepciones estéticas del Tercer Reich con algunas pinceladas de valiente alegato del arte libre en contra del horroroso concepto nazi del “Arte degenerado”. Y, casi al finalizar, inicia una cuasi defensa de Leni Riefenstahl y Albert Speer, cineasta la primera y arquitecto el otro. En este punto el lector cree –porque parece- que por fin, aún sea en las últimas páginas o para cerrar magistralmente este informe texto, el joven peruano se acordará de su prometedor narrador y lo traerá de vuelta al juego. Pero no, decepción total, ni la diva que murió a los 103 años ni el “arquitecto del diablo” lo logran porque el análisis es bastante menor al que ya han hecho, por ejemplo, Ford Coppola o George Lucas de la directora de Olympia. Y así como así, termina el texto de marras con un final digno de cualquier enciclopedia escolar.
Y no es que tengamos nada contra la enciclopedias escolares, todo lo contrario. Sabemos que su papel es informar y a ello vamos. ¡Pero no huey!, el engaño no; no se vale atraer hacia un texto –cualquiera sea— con artimañas literarias para luego tener que leer frenéticamente todo el texto buscando a ese narrador. No importa si en la búsqueda del perdido niño y sus memorias pasan páginas de los horrores nazis o las mismas se bañan de algún gesto irónico, nada de eso importa ya que llegamos a la página final con una morisqueta en el rostro: ¿hay que reír?, ¿hay que llorar?, ¿qué hay que hacer frente a un texto de tal configuración?

Me pregunto entonces: ¿cuál era el objetivo de publicar una 2ª edición de este singular texto? ¿Qué más o menos buscaba Yerba Mala Cartonera? Y la web me responde ya que malo o bueno, este libro es de producción del muy famoso Santiago Roncagliolo, más ni su biografía oficial, ni la crítica ha hecho referencia al mismo sea para ponerlo entre los grandes títulos del autor, sea para decir que no es bueno, —y eso que la obra del joven peruano es comparada con la de Bryce Echenique, Mario Vargas Llosa y Julio Ramón Ribeyro. Nada de nada, excepción hecha de un blognauta quien le dedica exactamente dos líneas al texto y pide disculpas por dejar incompleta su crítica dado que debe ir a cumplir obligaciones más urgentes.

Entonces, me digo, aquí si hay un signo que hace que el gesto de Yerba Mala Cartonera haya sido un “tiro por la culata”. Lo pondré en forma de moraleja: por muy importante que sea el autor si la editorial que lo publica no lo es, el texto queda anulado. Ergo, cartoneros, a mejorar la puntería. Si lo que buscaban era renombre, parece que no habrá; en todo caso, valga para sus anales el haber publicado la muy célebre 2ª edición de El Arte nazi.
Santiago Roncagliolo. El arte nazi.
ed. El Alto: Yerba Mala Cartonera, 2006. 33 p
Acotar al respecto que la 'puntería' sobre Roncagliolo, Iwasaki y otros autores peruanos estaba antes de la premiación de Alfaguara 2006. Roncagliolo, antes de esta premiación, no era famoso, pero ya habíamos hecho tratativas de publicarlo. Así que, si él salío premiado en Alfagura (hecho muy importante para algunas personas) es sólo una coincidencia.

sábado, octubre 28, 2006

Rumbo a la feria 16 de Julio


El equipo de Yerba Mala se encamina a la feria 16 de julio, al qhatu al lado de doña Pascuala. Posteriormente tendremos más noticias.

viernes, octubre 13, 2006

Yerba Mala, una nueva senda editorial

Por Roberto Cáceres

Merece la pena, en un escenario tan poco emocionante como el de las editoriales bolivianas, tomar en cuenta la labor de Yerba Mala Cartonera.
Eludiendo quijotescamente la importancia del dinero han podido acomodar todos sus ejemplares en la otra feria. Habrá que preguntarles qué los impulsa. Esta celebración que pretendo realizar también alcanza a los autores, en especial a la nueva generación, como dice Juan Pablo Piñeiro, de escritores alteños que están inscribiendo nuevas estéticas.
Ahora mismo abro el ejemplar de Crispín Portugal y su relato “Almha, la vengadora”. En la tapa esas palabras están delineadas por manos inocentes, por trazos de niños cartoneros y pienso en el tiempo que ellos se tomaron para pensar en el lector que tendría finalmente su labor. Entonces me toca reponer ese tiempo y esa experiencia y luego me pongo a leer, como si hubiera acordado una complicidad, como si el trabajo del autor, del librero y del lector nunca se hubieran separado.