miércoles, junio 24, 2015

Entrevistas cartoneras - Liliana Colanzi

  Liliana Colanzi  habla de El Ojo (Yerba Mala Cartonera, 2015) un libro que navega dentro el horror de lo cotidiano


Por: Florencia Chiaretta 






Muchos de los narradores de tu generación coinciden en la influencia del cuento norteamericano en lo que escriben. ¿Qué crees es lo más importante de esa herencia?


No hay un solo cuento norteamericano, es difícil hablar de una sola herencia. He aprendido de cuentistas con estéticas tan distintas como Hemingway o Flannery O’Connor, pero los norteamericanos no son mis únicas fuentes: también están ahí Guimarães Rosa, Fogwill, Felisberto Hernández, Clarice Lispector. 


¿Qué influencia tiene el cine en tu narrativa?


El primer atisbo de una historia se me presenta siempre como una imagen; puedo ver la escena, aunque no sepa exactamente quiénes son los personajes o hacia dónde me llevará la trama. Me gusta esa cualidad visual de la escritura que dialoga con el cine y la fotografía.


En algunos de tus cuentos, como en El Ojo y La Ola, hay una impronta fuerte del terror cómo género. ¿Qué te seduce del terror?


Tengo una fascinación con la naturaleza del mal y con la posibilidad (aterradora y absolutamente desconcertante en ambos casos) de que este sea resultado de la causalidad o de la casualidad. Me da vueltas la paradoja de Epicuro: si Dios quiere prevenir el mal, pero no es capaz, entonces no es omnipotente. Si es capaz, pero no quiere hacerlo, entonces es malévolo. Si Dios es capaz y puede hacerlo, ¿por qué existe el mal entonces? Y si no es capaz ni quiere hacerlo, entonces no es Dios. El género del terror es un género místico: se ocupa del éxtasis negativo ante lo desconocido. 


¿Cuándo descubres que un cuento marcha bien y cuándo decides abandonar uno que no prospera?


Creo que sé intuitivamente cuándo lo escrito está vivo: entonces todo resulta más o menos fácil, porque el resto es cuestión de pulir y afinar. Pero son pocas las historias que llegan mostrando su verdadero corazón desde el principio; hay que buscar el lugar donde la historia late y respira, y ese camino hasta allí está hecho de pura incertidumbre. Por lo general tengo fe en que tarde o temprano llegaré a ese lugar, pero hay que saber cuándo desistir: en enero renuncié a un cuento con el que llevaba peleándome cinco años, y eso fue lo mejor que pude hacer porque me dejó espacio mental para dedicarme a otras historias. 



¿Hay una intención digamos política o ética en mostrar Bolivia de determinada manera en tus cuentos?


Habría que preguntarse la ideología implícita en la idea de “mostrar Bolivia”: ¿para qué y para quién se quiere mostrar Bolivia bajo cierta luz? Hay escritores que se arrogan el trabajo de convertirse en embajadores de su país, y lo que entienden por elloes llevar bajo el brazo la agenda política oficial con salteñas, osos de la diablada y flor del patujú incluidos. La tarea de un artista no es convertirse en un funcionario, aunque en Bolivia se confundan a veces ambos roles. Sigo con mucho interés los procesos por los que está atravesando el país, pero no me interesa usar la ficción para ir a explicárselos de manera didáctica a un lector foráneo, o para alentar cierta idea de patriotismo. Entiendo el acto de escribir como una forma de meditar. Y meditar es acallar la voz civilizada y peinadita del yo para dejar que hable el inconsciente, que es el terreno de lo salvaje y el lugar donde se manifiestan las pulsiones, los miedos y los deseos de la memoria humana.



Bolivia es un país con una vasta tradición y producción poética, ¿qué relación tienes con la poesía?


Cuando tenía veinte años encontré en un aeropuerto un poemario de Jorge Campero que después me acompañó en cada país en el que viví. Trabajo, como un mantra, con un libro de poesía al lado. Ahora viaja conmigo La noche, de Saenz, y cada tanto vuelvo al Poema del Manicomio de Oquendo de Amat, y a los poemas zen. La poesía induce a un estado de paradoja que suspende las convenciones de lo posible, y ese es un lugar interesante desde el cual escribir. 


Hay muchos escritores que dicen no poder vivir sin escribir: ¿sientes que te pasa lo mismo?


Yo puedo pasar mucho tiempo sin escribir. De hecho, durante los años del doctorado me ha sido difícil escribir durante el semestre. Y a veces puede suceder que me quede estancada en una historia y que tenga que dejar durante un tiempo que el inconsciente haga su trabajo.



¿En qué estás trabajando actualmente?


En un libro de cuentos y en una novela corta.


¿Qué apuesta supone para ti publicar con una editorial cartonera?


Me encanta publicar con Yerba Mala por todo lo que significa: una manera de hacer circular libros en lugares a donde generalmente no llegan, a precios accesibles y utilizando materiales reciclados. Admiro mucho el trabajo de difusión de las cartoneras, las hermosas ediciones artesanales que realizan y lo mucho que han conseguido a pesar de contar con recursos limitados.