martes, noviembre 20, 2012

Manifiesto Cartonero

El manifiesto cartonero es la piedra angular de nuestra acción, aquí lo compartimos para que lo disfruten, amen, odien, comenten, etc, etc.


Manifiesto Cartonero
Editorial Yerba Mala Cartonera




Si de cartones hablamos, no se trata de mencionar posturas acartonadas ni mucho menos títulos académicos. Hablamos de un material vivo y natural, convertido hacia fines industriales: recipiente de objetos, nunca contenido. Caja o cajón y no producto. La envoltura que el cartón supone posee un corto tiempo de vida, luego el envase es desechado. El cartón envuelve un objeto, convirtiéndose en agente periférico, el hijo desechable del capitalismo de consumo.

Su rol no se relaciona únicamente al acto mercantil. Es un objeto de civilización: antes papel, hoy la marca urbana de consumo y desperdicio urbano. Su origen no es tan complejo (chips y fibras ópticas requieren un mayor manipuleo químico). Sale de los residuos madereros hacia fábricas de papel: hablamos de un tipo de papel. Luego, mediante una estudiada alquimia y agua en diferentes estados, el cartón es prensado. Proviene de los árboles, y quizá debido a esto, y a una textura tan variable como la piel humana, es que irradia ese calor tan ausente en la mayoría de los objetos en siglo XXI. Es la piel de las palabras donde se estampa la sombra del autor. (sigue leyendo haciendo click en "más información)


Cartones y papeles han sido creados como espacios abiertos: materiales que no ostentan identidad ni sentidos ¿pero en su ontología desabrida tal vez existe un ajayu ilimitado que busca apoderarse de quien los convierte en libros listos y accesibles para leer?

 Papeles y cartones se reconocen inacabados, siempre inconclusos mientras no cumplan su función, e incluso entonces. Un libro fabricado de cartón supone no sólo una actitud de conciencia ambiental (reciclaje de material desechado), sino y en la misma medida, una apertura real hacia diversas voces, tintas y productos y porque no una red de colectivos sociales con una idea detonadora: la literatura hecha en casa, lo artesanal como la micropolítica cotidiana. No estamos hablando del protocolo de Kinoto o el calentamiento global, estamos hablando de una conciencia ecológica que empieza en el ahora, en el reciclaje como trinchera de guerra.

El cartón o papel requiere y reclama aquel otro que lo complemente, efímero, pues su naturaleza lo obliga al constante cambio. Sería absurdo imaginar un objeto encajonado por siempre, así también lo es una letra leída de la misma manera cien veces; del mismo modo, una postura totalitaria o dogmática (que no reciba ni reconozca la valía de aquel otro complementario), resultaría impensable. El otro es nuestro enemigo, nuestro cómplice nuestra resistencia y colectivo. El llamado a reflejar nuestra imagen o las palabras como códigos necesarios para el sujeto humano

La estética cartonera se acerca más a lo inacabado que a lo certero, más al instante que a lo eterno, a la apertura más que a la edición/lujo/final/tapa/dura. La edición cartonera no ostenta bordes dorados ni letras en alto relieve; de ninguna manera deja a un lado el gusto estético, aunque sí considera superfluos algunos elementos que bien podrían transmutarse en creaciones distintas; digamos que prescinde de una retórica innecesaria en tiempos de minimalismo material y artístico. Un libro cartonero deja de lado estas figuras excesivas para concentrarse en lo primordial que se resume en lo siguiente:
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1)      Nuestro hábitat urbano/natural nos ha brindado, con sabiduría y severidad, una ética obligada hacia el uso de los recursos disponibles; y esto en ningún momento como desventaja; al contrario, como efectivo ejercicio de creatividad, inventiva y apreciación.

2)      La pobreza al servicio de la imaginación bang, bang no tapar las condiciones materiales de existencia sino surfear entre el grito de ser productores de artes que se atreven a hundirse en el pantano de las letras. Globalizar el verso y la narrativa

Desde un inicio, el libro de cartón es un simple gesto que hunde en la conciencia humana una interrogante.. ¿Es necesario el derroche cual sea; no resulta igual de dañino el exceso que la falta; es un instrumento irreemplazable para la existencia del ser humano la ostentación de materias/materiales siempre nuevos, convertidos mediante procesos químicos o genéticos para que luzcan impecables; vale eso el aire negro, la densidad del lago o las deformaciones mentales/genéticas?

Hablamos de naturaleza humana al fin y en partida: Prometeo, Ícaro o su equivalente mítico en cualquier cultura, y no así de juicios de valor ni cargas morales. Nada más alejado de eso. Hablamos de un gesto que, tras sí, lleva el intento por alcanzar el equilibrio en un camino de autodestrucción premeditado. Un gesto que, además de poner el dedo en la llaga de ozono y en la escasa naturaleza, lanza la reflexión del reciclaje humano.

Sectores que –ni más ni menos importantes que otros– cumplen su función en la colectividad de manera invisible, son, debemos admitirlo, los preferidos de nuestra estética alternativa, muchas veces marginal o hasta irreverente. Sin embargo, como arte literario privado de preferencias, son las palabras quienes obran autónomas, en profunda complicidad con un par de ojos atentos. Ellas no necesitan explicación ni mucho menos marco atmosférico.

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Dentro la Editorial Yerba Mala Cartonera hemos lidiado con noticias de falsos límites o extrañas desapariciones, disfrazadas como muerte de amigos y compañeros*. Toda supuesta muerte la entendemos como el proceso que atraviesa el cartón antes de convertirse en árbol nuevamente y, algo sanos de esquizofrenias divisorias y líneas imaginarias, hemos difuminado las barreras que antaño hacían creer el mal cuento de géneros, clases o ghetos. No creemos en cielo e infierno uno alejado del otro. No creemos en el fin de la existencia en el simbólico Q.D.D.G.. Tampoco buscamos una respuesta (sólo) racional e ilustrada ni un marginalismo esnobista. Esta visión nos hace rozar los bordes (inexistentes) y desplazarnos sin demasiado lío entre márgenes, centro, periferias y alguna otra dimensión más allá de lo clasificable.

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Aquel antaño: Cogito ergo sum ha servido como un necesario paso entre tinieblas y otra era. Hoy es menos que inservible; se lo desecha para que, en su lugar, se entienda la existencia como un uso desmedido de instintos, pulsos, sensaciones, pensamientos (también) y todo lo que nos lleve al ciclo natural nuevamente. En este escenario, las polarizaciones son innecesarias, así como los muros divisores, para participar en un ciclo –cósmico si se quiere–, lógico y con su obvia porción azarosa. No hay mayor diferencia entre el acá o el allá, así como el arriba puede convertirse fácilmente en abajo.
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El deseo de echar por tierra aquel gesto ceremonioso del libro como objeto de saber (endiosando al conocimiento literal/letrado) nace de una sana conciencia donde la experiencia brinda una nueva sabiduría, simple y humilde, alejada del pesado protocolo del libro tapa/dura: nadie está prohibido de escribir, nadie intenta descubrir un camino único. La simpleza de un libro hecho de cartón posibilita la variedad de voces, ninguna tan importante como para merecer letras plateadas y, al mismo tiempo, todas igual de valederas por su originalidad.


inciso veinticinco) Consideramos al libro un objeto tan valioso que todos (no solamente deberían poseer) sino producir con la mayor facilidad y sin el menor aspaviento posible; de este modo, brindamos una fórmula sencilla y sin demasiadas complicaciones (véase el manual: cómo fabricar un libro de cartón en tres pasos) para que todo aquel quien tenga algo que decir, narrar o compartir, lo exprese sin necesidad de públicos sofisticados ni anfitriones de lujo.


mandato primigenio) El cartón deviene de la corteza maderil, del tronco de la naturaleza más potente: es el músculo del árbol; y el nervio donde tatua palabras el autor, un libro cartonero advierte y denuncia la total voluptuosidad de tal objeto. No se trata de un acto inocente. El cartón se convierte (en reacción al enfriamiento humano/global) en un trozo de brasa lleno de vitalidad, poseedor de temperatura variable y carácter orgánico: parecido al ser humano.


artículo penúltimo) La reutilización de materiales se sitúa junto a tradiciones cíclicas que han atisbado el otro lado de las cosas, vale decir: han palpado la existencia de una realidad paralela en la que lo desechado convive con lo nuevo. Y nos iluminamos al asegurar que esta creencia brinda a lo muerto su capacidad de operación en lo vivo. Un libro hecho de cartón es algo que se repite pero a la vez es único, una materia que regresa y una cosa que se transforma, tal cual sucede con las escamas caídas de la piel, las semillas que se desprenden de los árboles o las mentalidades que no terminan de irse para transmutarse en nuevos seres.


cláusula comercial) Hemos visto más de una vez personas concentradas escogiendo qué diseño de tapa cartonera les agrada más. No se trata de un hecho ingenuo que aspire a la producción industrial de elementos repetidos e iguales con exactitud. Se trata de la diferencia que hay entre lector y lector, entre escritor y escritor, en suma: entre ser y ser. La diferencia realiza el hecho básico de otorgar unicidad y originalidad a cada ejemplar; cada uno es único e irrepetible, tal cual quien lo lee, quien lo escribe, quien lo observa o quien lo fabrica.

asterisco agregado) Sin entender del todo la diferencia entre sueño y vigilia o entre ficción y realidad, no compartimos posturas que adopten la escritura como un mundo independiente y aislado de lo real. Así nos alimentamos de ambos mundos para crear, reinventar e intercomunicar ambas dimensiones. De este modo, se plasma un festejo del cambio, un réquiem a lo estático y la exaltación de la fluidez universal. La fiesta perpetua que sucede cada que una semilla germina o cuando la mujer está encinta. Somos nómadas psíquicos con los pies en la tierra y la mente en universos muy muy muy lejanos

dato aparte) Sería difícil separarnos de nuestro entorno comunal en el que conviven una mescolanza de posiciones y argumentos. De esta manera, encasillarnos en cualquier ismo literario o político significaría ignorar a otra parte que también integramos y, a la vez, nos conforma. La Editorial Yerba Mala Cartonera, sin pretender un poder jerárquico, funge como un espacio de representación literaria/estética de lo que emerge ahora en nuestro país y –mediante el apoyo de la red de editoriales de la que somos parte– también de aquello que se produce en el resto de Latinoamérica; y, contrario a lo que conclusiones fáciles podrían aguardar, el resultado se aleja de un caos formal para acercarse a una complementariedad de visiones y formas estéticas.


yapa) Tal cual sucedió con innumerables emprendimientos artísticos, la Editorial Yerba Mala Cartonera lleva tal nombre como bien podría ser Ferroviaria Artesanal Impúdica, Bar/pensión La Comuna o Maestranza, Sunchu Luminarias Coorp y Colchonería Esperanza. Es decir, nuestra actividad no se limita a la estricta-editorial, sino que incluye un proceso más amplio y menos delimitable. La Editorial Yerba Mala Cartonera, desde su creación, ha sido un espacio de encuentro entre personas que, con la única brújula de amigos y caminantes, ha ido creciendo junto al apoyo desinteresado de artistas, pensadores, escritores, dibujantes, mercaderes, académicos y no tanto, pajpakos y merolicos, y un extenso etcétera. De ese modo, sus atribuciones se han ido expandiendo a la realización de talleres de escritura creativa, veladas poéticas en sectores semiurbanos, venta de libros en mercados callejeros, presentación de encuentros internacionales, exposiciones, homenajes, conversas, discusiones y toda actividad en la que jerga y lucha libre se den cita.

Lanzadas estas señales, nos queda apuntar que nuestro trabajo es tan antiguo como la voz misma, que entre el papiro y el papel cuché han habido desvíos de sofisticado marketing monetario. Centralmente, basados en la propia experiencia, confiamos una íntima fuerza interior y que predica: en Yerba Mala nadie cree en la muerte

Bolivia, noviembre dos mil ocho





* El suicidio de Crispín Portugal, integrante fundador de Yerba Mala y autor de Almha la vengadora, ocurrió el año dos mil siete y fue motivo de Cago pues!, publicación póstuma que recoge textos inéditos, crónicas y testimonios de amigos de Crispín “el torcido” Portugal, además de una corta autobiografía del escritor alteño.