domingo, julio 17, 2011

Desde la encantadora tierra paraguaya compartimos el siguiente relato que con sabor y velocidad es llamado:
 
EL EFECTO PACHU

Edgar Pou
 
Pachu, el viejo taxiboy, además de bajarle unas pilsen a la tardecita en cualquier recodo del barrio: en la vereda del copetín Cementerio, ahí al lado de la kachanga de Soldado Desconocido, máis conocido como Soldacdo nomás, el rapero yopará más zarpado de San Fernando o en la guarida de Ninyita Pokarei bajo el mangal, al fondo de su casita de triplemateria como decía ella (estaba construida con tres materiales : madera, cartón y hule) donde a veces curtíamos hongos y nos visitaban los espíritus kalentones de las muchas esposas que un español tenía en ese mismo sitio en tiempos coloniales, según relataba el tío de Ninyita , Pachu, como les iba diciendo, el viejo taxiboy , pues así lo conocíamos todos, nos contaba historias de la dorada época stronista, esa no tan lejana ni tan ausente, agregaba siempre como en una cadencia de slogan.

No puedo hacer una descripción de Pachu, por expreso pedido de él, ya que es buscado aún por los escuadrones secretos del régimen de Stroessner, según él. Aunque nadie le cree, a todos nos pegan sus historias de esa época loca.

Las clientas más desenfrenadas e insaciables eran las doñas del comando en jefe, aseguraba Pachu, al decirlo en su boca se formaba una leve pero indestructible sonrisa, esa sonrisa con la que todo el mundo en San Fernando, es decir todos los kapés, le conocen desde hace años, una sonrisa marca no registrada . Yo venía todo fisurado de un fallido resgate y me lo encontré en el Abasto. El estaba sentado afuera del copetín del koreano brasiguayo Vai Vento, fanatiko de la nueva narrativa cutre latinoamericana con quién Pachu tenía sus afinidades y querellas.


Pero ese día yo además llevaba unas revistas viejas, libros leídos mil veces, unos casetts con ao vivos de Velvet, Leonard Cohen, algunas cosas de Tom Waits y unos vinilos de cumbia de los años 60: grupos como Los Mirlos, Los Escorpiones, Las Kurupiras Franchutes (eran mis favoritas, todos sus teman no duraban más de 1minuto, y trataban sola y exclusivamente sobre sadomasoquismo lesbo, todas las letras estaban escritas en portunhol selbagem)……pero como siempre pegaban las historias que te contaba el viejo taxiboy Pachu decidí quedarme sin olvidar que siempre además él invitaba lo que quisieras servirte, mientras él te papeaba su mambo entreverado como humo de mil caras.

Pedimos una Pilsen y como el dueño del bar liberaba, sin corte prendí el primer petard del día dispuesto a pasarlo joia por un par de horas, antes de ir a malvender mis pertenencias de ñembo under cultural a una Feria concheta sobre la calle Venezuela casi América le dije secamente al impasible Pachu..
Pero esa dirección no es correcta, me advirtió Pachu antes de empezar su historia. Esas calles no se cruzan, jamás se cruzaron ni se cruzarán . Pero la calle América es la que importa recordar ya que fue allí donde, a unas tres cuadras antes de llegar a la Avenida España, nos vimos por ultima veiz con mi cuate de andanzas, el más bronco de los taxi boys parawayensis de la ultima década stronista, Julián Ferventi quien sacudió suculentamente la koncha siempre ardiente de la doña del expresidente nicaragüense Anastasio Somoza, asilado por esa época en Paraguay . La doña , lamemosla R. era una morocha ardiente de unos 30 años que rondaba los gimnasios buscando nuevos taxis boys cada día para matar el aburrimiento según confesó a Julian en su tercer encuentro en uno de esos moteles de Lambaré .

Es sobre la calle América donde empieza la historia precisamente Pou y donde también fue la primera y la última vez que vi a mi amigo y colega, mio broder, el maestro taxiboy Julian Ferventi con el pelo más rubio de Stronerlandia, parecía una David Bowie a lo yma.  Prefiero ser una Carla deseada menina veneno decía Julian trastrocando los tiempos pero presa de un lapsus de lectura del futuro.

El tenía 22, yo 18, nuestra vieja amistad de barrio se mantuvo pese a las guerras entre barrio que siempre había por esas épocas y en las veces había perdidas. Él se mudó a San Fernando unos meses después que lo hice yo. Me dedicaba a buscar lo que sea, arrastrado por un deseo difuso de encontrar temas para inspirarme, ya que como todos saben siempre quise escribir mis historias y antes de ser taxi boy fui un pequeño escritor demoniaco dominado por sueños extraños. Ahora que ya me ha pasado la vida encima pero sigo en pie aunque ya no me siento tan inclinado a escribir, lo que me gusta es contarles a los mitaís estas cosas que me vienen así de repenchti: para que Soldado por ejemplo los vuelva a contar en sus sesiones de hiph0p yopará o para que vos le agregues cosas tuyas y lo metas en un cuento.

Entonces íbamos a grandes fumatas al fondo del cementerio, eran a la tardecita casi como ahora, esa luz intoxicada de la lujuriante sombra que iba creciendo y los broders curtíamos lo que hubiera, allí conocí a Julian. Nunca supe realmente si sus abuelos eran sicilianos realmente como lo oí decir más de una vez. Yo los imaginaba huidos de alguna vendetta que aparentemente nunca llegó a alcanzar a la familia hasta que Julian murió en extrañas circunstancias hace unos diez años en una comisaría de la ciudad de la vayra Baires.
Pero esa calle y ese día en especial fue cuando se desató lo que nos tiene acá reunidos a los dos: vos con ese periódico viejo, típico de esa época, el celebérrimo diario AQUÍ con el titular OKA PU SOMOZA, lo mejor de la poesía parawayensis de los últimos 100 años y la foto del Mercedez Benz del lekaya con el efecto pollock de un bazukazo certero. Ese autito era uno de los cuatro último modelo que poseía el digno señor Somoza quien en esos momentos estaba disperso por el amplio espacio de la calle América en forma de trozos oscuros según la foto, supongo que dentro del mercedez benz destrozado por el bazookazo también habrán quedado algunos atomos de sudor y restos de chicles mentolados de los tantos que mascaba Julian , de sus pañuelos gitanos hechos expresamente para ser olvidados en cualquier lugar que el azar decidiera, porque en ese y en los otros tres mercedes, llegó a estar con la doña nica haciéndola aullar y pagar propinas cada veiz más jugosas, sumas que nos escandalizaban a Julián y mí. El caso es que a Julián le encantaba, el simplemente quería ahorrar lo máis rapidinho para virar una mitakuña. Pero mientras tanto hacía aullar a las viejas más conchetas de Asuncionlandia, pero R, la doña kalentonita lo quería para ella en exclusiva, así que la mejor idea fue contratar a Julián como profesor de danza jazz, una moda que causaba furor entre la clase koncheta. Los guardias lo veían llegar en taxi a las nueve AM, del que bajaba un Julian con el pelo teñido de rubio y con unos shorts ciclistas ajustados de un verde fosforescente mostrando sus mejores contoneos de futura diosa, y que despertaba las bromitas de los gorilones armados con uzis y treintayochos nicas, de la pesada que siempre controlaban tutti cuanti  ocurría para cuidar las espaldas de su feroz patrón bigotudo.
Una vez adentro de la casa ya, tranquilamente el blondo Julian empezaba a laburar con la dedicación del último obrero sexual de la era foucaultiana 2017 y asim en cada nuevo encuentro cada veiz máis regalos y máis promesas de otros encuentros, a la hora máis inesperada y en los lugares máis lokos hasta que llegó haber una especie de pijadependencia que hacía de la doña una totally poseída. La empayené con mi super tembó solía argumentar Julián. No había ninguna duda pensaba yo cuando me comentó el plan para la fiestita que le tenía preparada con motivo de su cumpleaños a Julian, y fue en esa ocasión que ella ya en la cima de la segunda botella de champan, le indicó un pequeño maletín de cuero negro y le dijo con una voz perfectamente calmada que en esa valija estaban guardados los fondos operativos del expresidente, quien era un viejo zorro y prefería llevar consigo siempre una buena cantidad de dólares para ir abriéndose paso como se sabe por el mundo.

Allí hay medio millón de dólares, alguna vez haremos dormir a todos con esto dijo ella y le mostró con un gesto enérgico unas pastillas verdes que llevaba en una bolsita de hule trasparente que sacó de repente de su cartera tirada al pie de la cama. Sus ojos echaban chispitas y su cabello era la malavision encarnada, hablaba con un convencimiento que la volvía ciega a cualquier posible contratiempo que pudiera surgir. Ese día será nuestro día Julian y nos escaparemos, paraguayito de mi vida, le decía entreabriendo la boca con gesto de Sonia Braga, y esos ojos medio vizcos que tenía la doña. R. la insaciable nica, como acostumbraba llamarla Julian.

En ese momento se oyeron voces que provenían del frente de la casa. Los gorilones, con ese su sotaque boludón llamaban a su patrona a voces, urgiéndola a salir por un motivo importante. Ella los mandó al carajo primeramente y cuando uno de ellos le dijo que se trataba del señor Anastasio con una voz entrecortada de dibujito japonés mal doblado, entonces, ella, la en ese momento viuda nuevita y recién bañada en semen entonces les dijo que bajaría en unos minutos y entró dando traspiés al baño. Julián tomó dos de las capsulitas y las vació en la copa aún bien cargada de ella, agitó el contenido con su dedo meñique y se la pasó gentilmente a R. que en ese momento se lo acababa de pedir.

Bueno Pou, las cosas ocurren a veces como en las películas y un amigo de repente se encuentra con un maleta de unos 18 kilos, color normal negro y de cuero, una maleta de esas que se usan para un viaje largo, caminando sin parar cuadras y cuadras con un short ciclista en plena siesta de los teyú tará hasta la casa del zapatero W. donde se deshace de su maleta y se consigue una mochila discreta, onda mercado 4 con la que llegó caminando hasta San Fernando porque no tenía para su pasaje ya que salió sin que la señora pudiera pagarle. El clima le hizo mal a la doña, me dijo cuando nos repartimos el tocaso de Money que me ha servido de jubilación todos estos años y a Julian lo ha hundido en el frio cuchillazo dentro de una comisaría kurepa.
Claro que cuando mi querido Julian murió, hacía mucho tiempo que ya no se llamaba Julian sino Zenia Brausen, una de las transexuales operadas más glamorosas de la cumbia villera,cuando eso no teníamos internet,  pero a veces llamaba por telefono a Zenia a su piso en alto Palermo y le preguntaba por su vida y nos contábamos nuestros sueños. Esa es una vieja costumbre que tenemos todos en el barrio y que Soldado canta cuando está con Mister Crack , una canción mbarete que siempre nos une y nos alegra me dice Soldado, es cierto Pou?

Anina che reja rei, eremina cheve moo pio oime la nde parte estimado señor Pachu le digo ya levantándome y medio cansado del viejo y sus aires de kojak pero sin ese ridículo chupetín de utilería.
Y donde va ser Pou?, donde estuvo siempre, me contestaba, desde esa vez que colgué la mochila con mi parte, mientras Zenia la llevó entre sus ropas sucias en una bolsa negra de plástico grueso yo fui y la colgué de una de las ramas del árbol de los sueños. Fue allí donde lo deje, repitió finalmente Pachu, el viejo taxiboy , gran kapé de San Fernado y me pagó con unos 100 dólares por mi viejo diario Aquí con esa foto en la tapa como queriendo volver a explotar.

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