miércoles, octubre 20, 2010

FILC o diez días a bordo del carrito cartonero

 La cuarta versión de la Feria Internacional del Libro de Cochabamba (FILC) ha llegado a su fin. Durante diez días, la llajta fue testigo de presentaciones de libros, debates, encuentros y demás vainas. No vamos a quejarnos —aunque deberíamos— por no contar con un stand en las inmediaciones del pasillo Adela Zamudio, al ladito de los vendedores de biblias doradas. El hecho de “no ser parte” de la FILC, dio lugar al surgimiento del Carrito Cartonero: un ex carrito de hamburguesas que un buen día decidió cambiar de oficio y ser parte de nuestra contra ofensiva literaria.

Y como todo en la vida  tiene sus aspectos buenos, malos e incluso raros; los diez días en la FILC no fueron la excepción; entre lo bueno de la feria —a manera de top dos— se encuentra:

1. La FILC sirvió para hacer nudos cada vez más fuertes entre las, cada vez en aumento, editoriales independientes: Género Aburrido (La Paz), Rostro Asado Cartonero (Oruro) e Intravenosa (Jujuy), quienes estuvieron presentando-intercambiando sus libros, leyendo poesía a garganta afónica y compartiendo las habituales cervezas hasta que cierre el bar.

2. La presentación e incorporación al catálogo cartonero de los libros: Cantar, reír, olvidar —el orden no importa— (Pablo César Espinoza), Moscardón Bistrot (Juan Pablo Salinas), Arawi Valluno (poemario en quechua, autor: Iván Prado), Cuentos de Trinchera (club de cuento Pan de Batalla). El carrito cartonero se vio avasallado por la excitada fanaticada de cada uno de los autores mencionados.
Andrecillo ofertando libros

Como somos pesimistas, no podíamos escribir este post sin resaltar también lo negativo de la feria

1. Los precios exorbitantes de algunos libros. Sabemos que esto no es novedad, pero también sabemos que pagar doscientos o trescientos bolivianos por un libro, es un lujo que sólo pocos se pueden dar, cuando la literatura debería ser todo lo contrario ¡debería ser tan barata como los cigarrillos Astoria!
En contabilidad, uno de las primeras cosas que se aprenden, es el tema de la depreciación: con el paso del tiempo los bienes o maquinarias van perdiendo su valor hasta llegar a cero. Con los libros debería existir algo parecido, pasado algunos años, un libro debería empezar a paulatinamente a reducir su precio hasta llegar a un mínimo de veinte o veinticinco bolivianos. Por ahora sólo nos queda esperar el boom de nuestro nuevo santo: el e-book ¡ya gastamos un paquete de velas rezando por vos!

2. El hecho de llegar temprano —o a veces tarde— a algunas presentaciones, nos ha dado la oportunidad —léase decepción— de apreciar los grandes egos de algunos escritores, en algunos casos demasiado grandes para una ciudad tan chica.

3. Las presentaciones de libros, en muchos de los casos, se convirtieron en sesiones auto-masturbatorias por parte de los autores, donde cada quien busca demostrar cuanto a leído: mientras más autores cite en su ponencia, mejor ¿Y los espectadores? Durmiendo, gracias

 Y para terminar, lo raro de estos días de la FILC

1. El agujero negro donde actualmente flota nuestra primera engrapadora, hasta ahora no encontramos una explicación lógica para su desaparición, si alguien la ve…

2. En estos diez días, los cartoneros padecimos de un extraño mal: “el síndrome de la chapa que no abre” ese sentimiento de angustia y bronca que uno siente cuando la puerta de su cuarto no logra abrirse, forzando la llave cada vez con mayor desesperación, hasta que lo único que consigues es doblarla, o aún peor, quebrarla. Se ha vuelto un requisito que cada año se tenga que llegar a esos niveles emocionales, para así lograr una buena venta. Una especie de tributo a algún dios moderno

3. La reunión-puteada-cartonera, de la cual no se tienen muchos datos, sólo vagos y aciagos recuerdos

Esito nomás sería, no sin antes realizar un agradecimiento especial y enorme a nuestros compañeros de aventuras: Andres Villegas, Iris Kiya, Juan Pablo Salinas y Pablo César Espinoza. Sin su desinteresado apoyo, nada de esto hubiera sido posible, son merecedores de nuestro afecto eterno. ¡Salud!