miércoles, enero 13, 2010


La yerba mala es una planta caníbal, se la ve devorando cartones bajo los puentes, por los basureros y en las plazas principales. La yerba mala crece donde le da la gana, no necesita riego ni mayores cuidados, su follaje es utilizado para cubrir del frío en las serranías y para la fabricación de balsas o instrumentos de percusión. Le han dado el nombre académico/científico de latires/satanik/inhospitus, aunque es también conocida como astalamédula. La yerba mala no hace distinción entre agua mineral, de lluvia, río o mar; de ninguna manera está en peligro de extinción: aunque han intentado exterminarla, donde es removida crecen tres más en su lugar. La yerba mala brilla en las noches de altipampa para guiar viajeros, dicen que habla en una lengua desconocida, que se expresa mediante el roce de sus tallos y tiene un sonido germinal, en una lengua que no pide traducción y evita los malos entendidos: un lenguaje universal. También baila y gira en el fondo de los océanos, por las noches, conversando con el nervio del planeta, mediante la energía sincera. La yerba mala no hace ascos de machetes y máquinas depredadoras, resiste pesticidas, se ríe de los transgénicos y se divierte en las vías del tren. Sus flores no presumen de perfumes delicados y algunos aseguran que son invisibles para los pechos fríos. La yerba mala posee su propio glamur y, según asegura la tradición oral, puede germinar frutos de siete colores. Los viajeros comentan que alrededor de la yerba mala es posible la conversación, el cabildo, las narraciones y todo tipo de ritos, al calor del fuego que produce. La yerba mala no se hace problema de ser techo, leña o lecho. La yerba mala no es sólo una editorial, es un espacio inmenso, que parte de una raíz profunda e indestructible, cuyos cabellos se pierden en las esquinas del cosmos.