viernes, abril 24, 2009

Sobre la noche Kitsch



La noche Kitsch resultó todo un éxito, masiva concurrencia, lecturas, cuenta cuentos y la participación de amigas amigos y muchos otros interesados, pronto subiremos las fotos y algunos videos. Un agradecimietno para Oscar Coaquira y sus talentosos amigos, lo mismo para Martha y compañia que nos ayudaron con las tapas y con todo su entusiasmo durante la presentación. Por lo pronto va para todos la ponencia de Gabriel Llanos respecto del Kitsch, disfrútenla.




Decir: ¡Soy kitsch!, es decir: ¡Qué ordinario soy! (y estoy tratando de ser kitsch al querer provocar una risa forzada en usted). Decir ¡soy kitsch!, es reconocer el ch’ojcho que llevamos dentro (naco, t’ara, cursi, cholo). Decir ¡soy kitsch!, es un suicidio civil (y pensemos que no hay nada más de mal gusto que darse muerte a uno mismo).

Kitsch: palabra alemana que puede ser definida como “mal gusto”. Sketch: palabra inglesa que significa esbozo, bosquejo. Cursi: palabra castellana que denota falsa elegancia, ridiculez, apariencia. Todos estos sinónimos definen lo kitsch que no sólo es lo de mal gusto, sino la falsedad estética (qué más kitsch que las elegantes y rimbombantes salas de estar de nuestras clases medias: sillones forrados de nailon, con cuadros recargados de paisajes simbolistas, puntillistas, realistas y adornos de cerámica china en una gran variedad de figuras y formas, además del tapete que cubre el teléfono del abuelo y las velitas de diez watts para la virgencita de Copacabana); la falsa sensación de estar presentes ante una gran obra de arte (el siglo XX ha despojado al arte de su valor intrínseco y lo ha convertido en mercancía), ante un coloso y genio al estilo Miguel Ángel (enséñenos, maestro).

El kitsch es el alimento diario de nuestra existencia, lo que hace que la vida se nos haga más soportable. De norte a sur, de este a oeste, la ciudad de La Paz se transforma en el mercado kitsch por excelencia, disfrazada y enmarañada en la “tradición”, lo ”popular”, lo “inn”, lo “fashion”. Llena sus calles de plástico, de cerámica barata, de latón, de telas importadas, de marcas registradas, de falsa mística (la noche que se entra por la piel...) cada día.

La Paz, ciudad de personajes clichés, de aparapitas, de borrachos y menesterosos, de prostitutas, de sinvergüenzas, de migrantes, de calles auráticas (y más que halo, es la contaminación acústico-visual de la Pérez a la Ceja). Ese gran mercado (que por muy informal que sea, sigue convirtiéndonos en sujetos de consumo) nos da identidad (¿identidad?): El Prado, la Mariscal Santa Cruz, el Obelisco, la Pérez, la Montes, el Cementerio, la Baptista, la Kollasuyo... qué nomás no hemos recorrido Blanquita, nos diría el Joaquino de Mabel Vargas, o el cabo Juan, el Severo y el teniente Oquendo en su radiopatrullla shentodiez, haciendo un tour de la Periférica a la 16 de Julio (el maestro Cárdenas maneja la ciudad-consumo como maneja el Severo su 4x4); la Margarita de la Garita a la cabeza de Zepita con su clefa, con su thinner, al ritmo de morenada o huayños-rap. Cuántos recorridos hace la literatura (la música y el arte en general) paceña por el consumismo exacerbado, por los seres clichés, por la representación teatral, por el objeto, por el melodrama, por el meloso discurso, por la telenovela. (Kundera define al kitsch como la pseudo-seriedad, el elemento que roba la risa de Dios).

Del aparapita de Sáenz hasta el Viscarra (el personaje cargado de misticismo), del discurso tamayano al de Sangre de Mestizos (la estetización del discurso político y la “seriedad” de la cultura), de los dioses germánicos de Freire a los dioses griegos de los contemporáneos (musas de jeans descoloridos, Medeas y Edipos que buscan la profundidad de su existencia).

Los discursos de la literatura paceña toman elementos kitsch y los hacen parte del imaginario social (e incluyamos la banalización de “lo étnico” como herramienta kitsch). La música folklórica, la recuperación de tradiciones, los estudios etnográficos y antropológicos ayudan a que la cultura se torne en un carnaval, en un mercado para la venta de cultura y entretenimiento (qué es el Gran Poder sino el gran poder económico y el flujo y reflujo del capital).

La literatura, el arte en general, pone de manifiesto la existencia del hombre kitsch (en un taller de literatura kitsch, dictado en Cochabamba, escuché que no hay hombre más cursi que el paceño). El Joaquino del cuento de Mabel Vargas (de este cuento surgen estas divagaciones sobre lo kitsch) refleja el estado de melancolía permanente en que el sujeto paceño se encuentra, estado que se torna en pesado y risible con tanta enumeración y lloriqueo sentimental. La voz del Joaquino busca la nostalgia, pero se transforma en una continua y soportable existencia: La ch’ojchedad del ser. El sufrimiento del personaje de Mabel Vargas es aguantable a partir del consumismo y la apariencia, a partir de la banalidad de lo cultural. ¿Qué fuera Joaquino si no hubiera Fanta mandarina o la papaya Salvietti? ¿Qué sería de él sin la morenada? ¿Qué pasaría si no hubiera calles que idolatrar? El ser paceño constituido a partir del objeto (de la cerveza Paceña, de la Coca-Cola, del Bocaisapo, del “Simón I. Patiño”, del Ram Jam, el People Secret, el bar La Estrella, el Lido Grill, el Shoping Sur, el Shoping Norte, el “Monje Campero”, Benetton, la Cinemateca, Burger King, pollos Copacabana y todas las cosas que tienen nombre y se pueden consumir).

¿Cómo podríamos soportar nuestro diario vivir sin las cantinfleadas de la oposición en la política? ¿Cómo podríamos ver Unitel? El paceño, ser moderno por excelencia (y posmoderno por azares del destino) es un ser kitsch, está imbuido en un mundo de apariencias, de imágenes, de consumismo, de falsas percepciones (las vanguardias artísticas se encargan de desacralizar lo clásico y el kitsch se encarga de sacralizar el objeto banal). Nuestra cultura nos hace sujetos kitsch (doble juego: la cultura la hacemos nosotros y ella nos forma y transforma), la mitificación de las cosas (fetichización del diario vivir) y el endiosamiento del hombre.

Viscarra: mártir de los marginales, Sáenz: dios de la academia, Bascopé: señor de los conventillos, Palenque: patrono de los cuernudos, la tía Núñez: virgen a los cuarenta; nos transforman en cursis irremediables, en ch’ojchos que disfrutan de la kullawada, el reguetón, HBO y el tropicalísimo. La literatura de esta parte de Bolivia tiende a mitificar todo lo que toca (tradición buena o mala, lo que importa es que está), y, como tal, tiende al fetiche y al objeto kitsch. Entonces decir que en La Paz hay literatura kitsch no es muy descabellado, no es algo tan desatinado, lo que queda es ver cómo.

El kitsch ha influenciado en la cultura moderna (especialmente en Latinoamérica. Monsivais propone que el kitsch fue bien recibido en esta parte del planeta). No me interesa si usted reconoce ser kitsch, yo le digo: ¡Soy kitsch! Por eso lo dejo con estas elucubraciones y me voy a ver La Nación Clandestina mientras como pipocas y bebo una Coca-Cola bien fría (“Las cosas como son”).